martes, 12 de octubre de 2010

Fado portugués

Lisboa desde Castelo de Sao Jorge
Me encanta Portugal, es el país siamés, más que hermano. Me deleita su gastronomía, su cerveza rubia y alegre en Sagres y la sempiterna Superbock. Me apasiona su café , reposado y amargo; su gente de carácter aterciopelado, suave y cadencioso como su música mas intima: el fado.

Ya he hablado anteriormente de él en este blog, pero estaba inmerso en asuntos varios que me distraían enormemente, por lo cual no quede muy satisfecho con la entrada.

Hoy me he despertado escuchando a Dulce Pontes y con los ojos entornados se me ha posado en el recuerdo el bello sonido del atlántico en el Algarve, la misteriosa luz de Oporto y el olor a ropa limpia de Lisboa.

Portugal es una mesa enorme, con mil sabores, con olor a mar, conversación calmada y el dulce regusto del “vinho do Porto” de vuelta a una cuadra en el barrio más alto de la alegre Coímbra.



Coimbra
Es un paseo bajo el frio sol de enero por los alrededores de Belem y su monasterio de los Jerónimos, un bolo delicioso, el tiempo lento de los monumentos de Évora, el tranquilo Alentejo y las gigantescas playas de Peniche y Baleal. Es el jolgorio y la algarabía de la baixa lisboeta, la Praça de la Independençia y la de Rossio, el ajetreo de los becos de Alfama y las sombras donde guarecerse del sol en una subida al Castelo de Sao Jorge en el mes de Agosto.

También es un incendio emocionante y emocional en la villa de Figueira da Foz, una marea rápida, diez horas de coche, y vuelta a casa con el rumor de la brisa que parece entonar un sentido fado, que canta al mar y a un marinero que se marcha sin saber si volverá.

Galicia

Por avatares de la vida esta semana pasada estuve en Galicia, mas concretamente en Lugo. Hoy que aquella tierra arde a manos de terrorista...